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lunes, 24 de octubre de 2011

Hoy, justo hoy, Caparrós se permite dudar de la democracia

Y lo hace además, otra vez, en un diario extranjero, en este caso, El País de España (por suerte, esta vez no toca traducir). Pego la nota entera, porque casi no tiene desperdicio: todo es descalificador. Y encima a este individuo alguien le contó que a partir de ahora la perspectiva y el tono de la narración tienen que ser borgeanos (la doctora peronista, el doctor peronista, el pueblo había rugido, el pueblo está rugiendo). Y la comparación de Cristina con Tinelli, con Berlusconi, ¡con Paulo Coelho!

Eso sí, este señor que con tanto fervor denuesta la razón democrática, en su post anterior, el que está debajo en su blog escribe una nota hagiográfica -de vida de santos- sobre un torero que se murió. ¡Un torero! O sea, se permite dudar de la democracia desde la perspectiva de la razón, calificando al pueblo de bestia, de animal (había rugido). Y se emociona con un torero.

Qué pena Caparrós.

Pero te la vas a tener que tragar.

RH

En la Argentina hubo, como sabemos, elecciones, y sucedió lo que iba a suceder: la doctora peronista Cristina Fernández fue reelegida con el 53,7 por ciento de los votos, una cifra bastante extraordinaria –casi cuatro puntos más que el doctor peronista Carlos Menem en 1995, cuando algunos escépticos pinchaglobos hablaban de voto-cuota y recibían el escarnio general porque el pueblo había rugido con tanta claridad y quién es quién para hablar cuando el pueblo está rugiendo.

Ahora también: el pueblo acaba de rugir, y amigos que pensaban ciertas cosas dudan. Yo, en cambio, dudo ahora porque siempre dudo: porque sólo creo –si en algo hay que creer– en la decencia de la duda. Dudo: me pregunto. Y además, por supuesto, sangro por la herida; pero no ahora, ésta: llevo años sangrando por la herida de la sanata patria.

Hubo elecciones y fueron, está claro, gritos de la vox populi: una gran cantidad de personas argentinas –más de un tercio de las personas argentinas habilitadas para votar, más de un cuarto de todas las personas argentinas– dijo que prefería que el gobierno argentino siguiera siendo el mismo. Y entonces los que no lo querrían se ponen a dudar, y los que sí lo querían se ponen más orgullosamente seguros que nunca: recibieron el famoso veredicto de las urnas –que los declaró inocentes o más que inocentes: ganadores. Ese veredicto, dicen, los confirma en sus ideas, demuestra que tenían razón: se alborozan porque los números les dicen que tenían razón.

Y ahí es donde dudo, me sorprendo ante el método: ¿por qué señoras y señores que desconfían del juicio de las mayorías cuando evalúan un programa de televisión, un libro, una canción, una conducta, lo reivindican como valor definitorio cuando evalúan un proyecto de gobierno? ¿Por qué el hecho de que muchos voten a un candidato lo hace mejor, valioso, valedero, y en cambio el hecho de que muchos lean a Paulo Coelho, un suponer, lo convierte en un chanta oportunista? ¿Por qué la cantidad legitima un gobierno pero no, digamos, un programa exitoso de la televisión? ¿Esos señoras y señores están dispuestos a decir que las mayorías se equivocan cuando eligen ver culos contra el caño de Tinelli o cuando atacan a extranjeros pobres o cuando apoyan la pena de muerte, pero no se equivocan cuando eligen votar a tal frente para tal victoria? ¿Dispuestos a sostener que hay temas en que la cantidad sí vale como sanción y otros en los que no? ¿Dispuestos a argüir que la razón democrática debe aplicarse a las elecciones políticas pero no a las demás? Es un problema.

(Y no hablo de la maniobra más vulgar, la que consiste en celebrar como una auténtica expresión de la voluntad popular los votos de tu candidato y deplorar como un efecto del marketing electoral los del de enfrente. Digo: no estoy hablando de quienes dicen que el 53 por ciento de Cristina Fernández en la Argentina es una prueba de que El Modelo está en lo cierto y el 62 por ciento de Macri en Buenos Aires demuestra que un publicista astuto puede vender cualquier pescado. Esa pavada se critica sola: o creen que la votación es puro mercadeo en cualquier caso, o creen que es expresión del pueblo en todos. No hablo de ésos sino de los que piensan que la cantidad vale cuando vota y no cuando elige canciones piensa insulta consume cultura viva a boca. Los que no suponen que el 76 por ciento de argentinos católicos implica que su dios existe o, por lo menos, que es más correcto creer en Jesucristo que no hacerlo.)

Es un problema. La razón democrática es un problema. En política, la cantidad sirve para ganar, pero no para probar lo acertado de un proyecto. A menos que ser acertado sea ser votado y entremos de lleno en la tautología. Si, como decía un general local, la fuerza es el derecho de las bestias, ¿la cantidad es el derecho de qué o quiénes? Tengo respuestas posibles pero tengo, sobre todo, dudas. Es cierto –me dirán y me digo– que todavía no hemos inventado ningún método mejor que la cantidad para legitimar la instalación de un gobierno. Entonces simulamos que no sólo es –por ahora– el mejor, sino que además es bueno. Y que creemos en su mecanismo y en sus resultados, aunque rechacemos ese mecanismo y esos resultados en otros ámbitos.

Es un problema.

Dudo.

Dudo: además, es innegable que la razón democrática ha dado, en la Argentina y en el mundo, resultados tan pobres, tanto sufrimiento. Dudo: que parezca menos mala, ¿es razón suficiente para creer que tal práctica es buena? ¿O lo es, más bien, para buscar ansiosamente otras? Es lo que dicen, creo, sin decirlo, esos señores y señoras que saben que el rating de Tinelli, de Berlusconi o de Coelho no los cambia, no los hace mejores.