sábado, 4 de julio de 2015

ESTOS CUADROS "SON" ESTA CIUDAD

Hace un par de días entré en Megasports, un negocio de zapatillas de la av Córdoba. Miré los precios, y le dije al vendedor "¿Es impresión mía o Nike duplicó el precio de las zapatillas?" "Sí.... Y ENCIMA SON NACIONALES, SON UNA PORQUERÍA, NO SON LAS IMPORTADAS..." 

Glub. 1,2,3,4, 5,6,7,8,9,10. El mejor tono posible...."no le vas a echar la culpa al Gobierno... es decisión de Nike hacer zapatillas malas y cobrar una fortuna...¿no te parece?"  Carraspeo incómodo, "sí sí..." mirando al suelo.

Por un lado, mensaje de las multinacionales a la sociedad: "te fabrico acá, te cobro más caro y te hago modelos visiblemente malos, para que sepas que los k's son malos y no me dejan importar"

Por el otro, la tierra fértil en la que cala este mensaje una y otra vez. 

Había "padecido" una epifanía, como una especie de transparencia a contraluz de este cuadro, caminando por Once un día de semana, esforzado changadores o changarines descargando camiones y trasladando los géneros al interior de las tiendas.

La vi, vi a esa Buenos Aires primigenia, ávida de mercancías de ultramar a cambio de todo lo que la terra incógnita de fuera de las murallas pudiera aportar.

De esos polvos nacieron estos lodos. El dólar, lo importado. Lo que está fuera de las murallas como fuente de todos los peligros, de todos los miedos. Bárbaros sin derechos, sobre todo, sin derecho a las riquezas de la tierra que habitan, que "naturalmente", corresponden a la metrópolis civilizada. Esta ciudad es la válvula, controlada directamente desde donde se decide, donde está "lo bueno", Al lugar "al cual volver" cuando llegue el momento. La válvula  que regula el flujo de bienes. De cultura. De sentido.

Bueno, eso está en los cuadros de Quinquela.

Y no sólo en los propios cuadros: el propio hecho de los cuadros, de su efecto en el imaginario porteño.

Los cuadros de Quinquela, con su cosa casi documental del flujo de bienes y sangre hacia la civilización vampira, y su complemente (im)perefecto:los de Molina Campos, que relatan lo que (no) pasa fuera de las murallas, y que para mí, con su caricatura exenta de ternura de "los gauchos" son tremendamente denigrantes, generadores de todos los prejuicios que explican como cualquier inútil y mentiroso pueda medrar siempre y cuando mantenga las murallas en buenas condiciones.

Estoy convencido de que la única forma de integrar a esta ciudad en el territorio es "colonizarla", llenarla de instituciones nacionales y de economía nacional y de fuerzas de seguridad nacionales, por fuera de la comedia de la autonomía de la "ciudad autónoma". Si hay algo que no es esta ciudad es autónoma, vive total y absolutamente del territorio que la cobija, y de los recursos que el Estado nacional destina a sus habitantes y los que fuera de ella vuelcan sus recursos en bancos, en comercios, en agencias de publicidad, en talleres mecánicos. Sin el territorio esta ciudad no existe. Y tampoco es menester considerar castigarla, aislarla, más allá de los sentimientos que a veces uno albergue, como por ejemplo cuando uno escucha al empleado de Megasports o a unos cuantos cientos de miles más. No se puede considerar porque es seguir permitiendo que sea un enclave imperial, que su temperatura y sensación térmicas sean las de la Argentina, y sus problemas de tránsito. Y su continua sensación de inseguridad, recursiva redundancia. 

Que vean que los argentinos de la Argentina que viven en Buenos Aires, viven muy bien, tienen todos los derechos que tienen los argentinos. Que los porteños "autónomos"  lo vean. Sobre todo, que lo vean  sus hijos, que lo mamen, que lo sientan. Los que vendrán. Que la Argentina comience en todos lados, y no termine nunca

RH

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